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martes, 15 de diciembre de 2015

Ligeia

Cada uno tiene una fuente de inspiración constante, la mía es Edgar Allan Poe. 

Ligeia

Y allí se encuentra la voluntad, que no fenece. ¿Quién conoce
los misterios de la voluntad y su vigor? Pues Dios es una gran
voluntad que penetra todas las cosas por la naturaleza de su
atención. El hombre no se rinde a los ángeles, ni por entero a
la muerte, salvo únicamente por la flaqueza de su débil
voluntad.
JOSETH GLANVILL

No puedo, por mi alma, recordar ahora cómo, cuándo, ni exactamente dónde trabe por primera vez
conocimiento con lady Ligeia. Largos años han transcurrido desde entonces, y mi memoria es débil porque ha sufrido mucho. O quizá no puedo ahora recordar aquellos extremos porque, en verdad, el carácter de mi amada, su raro saber, la singular aunque plácida clase de su belleza, y la conmovedora y dominante elocuencia de su hondo lenguaje musical se han abierto camino en mi corazón con paso tan constante y cautelosamente progresivo, que ha sido inadvertido y desconocido. Creo, sin embargo, que la encontré por vez primera, y luego con mayor frecuencia, en una vieja y ruinosa ciudad cercana al Rin. De seguro, le he oído hablar de su familia. Está fuera de duda que provenía de una fecha muy remota. ¡Ligeia, Ligeia! Sumido en estudios que por su naturaleza se adaptan más que cua1esquiera otros a amortiguar las impresiones del mundo exterior, me bastó este dulce nombre -Ligeia- para evocar ante mis ojos, en mi fantasía, la imagen de la que ya no existe. Y ahora, mientras escribo, ese recuerdo centellea, sobre mi, que no he sabido nunca el apellido paterno de la que fue mi amiga y mi prometida, que llagó a ser mi compañera de estudios y al fin, la esposa de mi corazón. ¿Fue aquello una orden mimosa por parte de mi Ligeia? ¿O fue una prueba de la fuerza de mi afecto lo que me llevó a no hacer investigaciones sobre ese punto? ¿O fue más bien un capricho mío, una vehemente y romántica ofrenda sobre el altar de la más apasionada devoción? Si sólo recuerdo el hecho de un modo confuso, ¿cómo asombrarse de que haya olvidado tan por completo las circunstancias que le originaron o le acompañaron? Y en realidad, si alguna vez el espíritu que llaman novelesco, si alguna vez la brumosa y alada Ashtophet del idólatra Egipto, preside, según dicen los matrimonios fatídicamente adversos, con toda seguridad presidió el mío.

Hay un tema dilecto, empero, sobre el cual no falla mi memoria. Es este la persona de Ligeia. Era de alta estatura, algo delgada, e incluso en los últimos días muy demacrada. 1ntentaria yo en vano describir la majestad, la tranquila soltura de su porte o la incomprensible ligereza y flexibilidad de su paso. Llegaba y partía como una sombra. No me daba cuenta jamás de su entrada en mi cuarto de estudio, salvo por la amada música de su apagada y dulce voz, cuando posaba ella su marmórea mano sobre mi hombro. En cuanto a la belleza de su faz, ninguna doncella la ha igualado nunca. Era el esplendor de un sueño de opio, una visión aérea y encantadora, más ardorosamente divina que las fantasías que revuelan alrededor de las almas dormidas de las hijas de Delos. Con todo, sus rasgos no poseían ese modelado regular que nos han enseñado falsamente a reverenciar con las obras clásicas del paganismo. "No hay belleza exquisita -dice Bacon, lord Verulam-, hablando con certidumbre de todas las formas y genera de bellaza, sin algo extraño en la proporción." No obstante, aunque yo veía que los rasgos de Ligeia no poseían una regularidad clásica, aunque notaba que su belleza era realmente "exquisita", y sentía que había en ella mucho de "extraño", me esforzaba en vano por descubrir la irregularidad y por perseguir los indicios de mi propia percepción de "lo extraño". Examinaba el contorno de la frente alta y pálida -una frente irreprochable: ¡cuán fría es,  en
verdad, esta palabra cuando se aplica a una majestad tan divina!-, la piel que competía con el más puro marfil, la amplitud imponente, la serenidad, la graciosa prominencia de las regiones que dominaban las sienes; y luego aquella cabellera de un color negro como plumaje de cuervo, brillante, profusa, naturalmente rizada, y que demostraba toda la potencia del epíteto homérico, "¡jacintina!". Miraba yo las líneas delicadas de la nariz, y en ninguna parte más que en los graciosos medallones hebraicos había contemplado una perfección semejante. Era la misma tersura de superficie, la misma tendencia casi imperceptible a lo aguileño, las mismas aletas curvadas con armonía que revelaban un espíritu libre. Contemplaba yo la dulce boca. Encerraba el triunfo de todas las cosas celestiales: la curva magnifica del labio superior, un poco corto, el aire suave y voluptuosamente reposado del interior, los hoyuelos que se marcaban y el color que hablaba, los dientes reflejando en una especie de relámpago cada rayo de luz bendita que caía sobre ellos en sus sonrisas serenas y plácidas, pero siempre radiantes y triunfadoras. Analizaba la forma del mentón, y allí también encontraba la gracia, la anchura, la dulzura, la majestad, la plenitud y la espiritualidad griegas, ese contorno que el dios Apolo reveló sólo en sueños a Cleómenes, el hijo del ateniense. Y luego miraba yo los grandes ojos de Ligeia.

Para los ojos no encuentro modelos, en la más remota antigüedad. Acaso era en aquellos ojos de mi amada donde residía el secreto al que lord Verulam alude. Eran, creo yo, más grandes que los ojos ordinarios de nuestra propia raza. Más grandes que los ojos de la gacela de la tribu del valle de Nourjahad. Aun así, a ratos era -en los momentos de intensa excitación- cuando esa particularidad se hacia más notablemente impresionante en Ligeia. En tales momentos su belleza era -al menos, así parecía quizá a mi imaginación inflamada- la belleza de las fabulosas huríes de los turcos. Las pupilas eran del negro más brillante y bordeadas de pestañas de azabache muy largas; sus cejas, de un dibujo ligeramente irregular, tenían ese mismo tono. Sin embargo, lo extraño que encontraba yo en los ojos era independiente de su forma, de su color y de su brillo, y debía atribuirse, en suma, a la expresión. ¡Ah, palabra sin sentido, puro sonido, vasta latitud en que se atri nchera nuestra ignorancia de lo espiritual! ¡La expresión de los ojos de Ligeia! ¡Cuántas largas horas he meditado en ello; cuántas veces, durante una noche entera de verano, me he esforzado en sondearlo! ¿Qué era aquello, aquel lago más profundo que el pozo de Demócrito que vacía en el fondo de las pupilas de mi amada? ¿Qué era aquello? Se adueñaba de mi la pasión de descubrirlo. ¡Aquellos ojos! ¡Aquellas grandes, aquellas brillantes, aquellas divinas pupilas! Habían llegado a ser para mi las estrellas gemelas de Leda, y era yo para ellas el más devoto de los astrólogos. 

No existe hecho, entre las muchas incomprensibles anomalías de la ciencia psicológica, que sea más
sobrecogedoramente emocionante que el hecho -nunca señalado, según creo, en las escuelas- de que, en nuestros esfuerzos por traer a la memoria una cosa olvidada desde hace largo tiempo, nos encontremos con frecuencia al borde mismo del recuerdo, sin ser al fin capaces de recordar. Y así, ¡cuántas veces, en mi ardiente análisis de los ojos de Ligeia, he sentido acercarse el conocimiento pleno de su expresión! ¡Lo he sentido acercarse, y a pesar de ello, no lo he poseído del todo, y por último, ha desaparecido con absoluto! Y (¡extraño, oh, el más extraño de todos los misterios!) he encontrado en los objetos más vulgares del mundo una serie de analogías con esa expresión. Quiero decir que, después del periodo en que la belleza de Ligeia pasó por mi espíritu y quedó allí como en un altar, extraje de varios seres del mundo material una sensación análoga a la que se difundía sobre mi, en mi, bajo la influencia de sus grandes y luminosas pupilas. Por otra parte, no soy menos incapaz de definir aquel sentimiento, de analizarlo o incluso de tener una clara percepción de el. Lo he reconocido, repito, algunas veces en el aspecto de una viña crecida deprisa, en la contemplación de una falena, de una mariposa, de una crisálida, de una corriente de agua presurosa. Lo he encontrado en el océano, en la caída de un meteoro. Lo he sentido en las miradas de algunas personas de edad desusada. Hay en el cielo una o dos estrellas (en particular, una estrella de sexta magnitud, doble y cambiante, que se puede encontrar junto a la gran estrella de la Lira) que, vistas con telescopio, me han producido un sentimiento análogo. Me he sentido henchido de él con los sonidos de ciertos instrumentos de cuerda, y a menudo en algunos pasajes de libros. Entre otros innumerables
ejemplos, recuerdo muy bien algo en un volumen de Joseph Glanvill que (tal vez sea simplemente por su exquisito arcaísmo, ¿quién podría decirlo?) no ha dejado nunca de inspirarme el mismo sentimiento: "Y allí se encuentra la voluntad que no fenece. ¿Quién conoce los misterios de la voluntad, y su vigor? Pues Dios es una gran voluntad que penetra todas las cosas por la naturaleza de su atención. El hombre no se rinde a los ángeles ni por entero a la muerte, salvo únicamente por la flaqueza de su débil voluntad."

Durante el transcurso de los años, y por una sucesiva reflexión, he logrado trazar, en efecto, alguna remota relación entre ese pasaje del moralista inglés y una parte del carácter de Ligeia. Una intensidad de pensamiento, de acción, de palabra era quizá el resultado, o por lo menos, el indicio de una gigantesca volición que, durante nuestras largas relaciones, hubiese podido dar otras y más inmediatas pruebas de su existencia. De todas las mujeres que he conocido, ella, la tranquila al exterior, la siempre plácida Ligeia, era la presa más desgarrada por los tumultuosos buitres de la cruel pasión. Y no podía yo evaluar aquella pasión, sino por la milagrosa expansión de aquellos ojos que me deleitaban y me espantaban al mismo tiempo, por la melodía casi mágica, por la modulación, la claridad y la placidez de su voz muy profunda, y por la fiera energía (que hacia el doble de efectivo el contraste con su manera de pronunciar) de las vehementes palabras que prefería ella habitualmente.

He hablado del saber de Ligeia: era inmenso, tal como no lo he conocido nunca en una mujer. Sabia a
fondo las lenguas clásicas, y hasta donde podía apreciarlo mi propio conocimiento, los dialectos modernos europeos, en los cuales no la he sorprendido nunca en falta. Bien mirado, sobre cualquier tema de la erudición académica tan alabada, sólo por ser más abstrusa, ¿he sorprendido en falta nunca a Ligeia? ¡Cuán singularmente, cuán emocionantemente, había impresionado mi atención en este último periodo sólo aquel rasgo en el carácter de mi esposa! He dicho que su cultura superaba la de toda mujer que he conocido; pero ¿dónde está el hombre que haya atravesado con éxito todo el amplio campo de las ciencias morales, físicas y matemáticas? No vi entonces lo que ahora percibo con claridad; que los conocimientos de Ligeia eran gigantescos, pasmosos; por mi parte, me daba la suficiente cuenta de su infinita superioridad para resignarme, con la confianza de un colegial, a dejarme guiar por ella a través del mundo caótico de las investigaciones metafísicas, del que me ocupé con ardor durante los primeros años de nuestro matrimonio.

¡Con qué vasto triunfo, con qué vivas delicias, con qué esperanza etérea la sentía inclinada sobre mi en medio de estudios tan poco explorados, tan poco conocidos. Y veía ensancharse en lenta graduación aquella deliciosa perspectiva ante mi, aquella larga avenida, espléndida y virgen, a lo largo de la cual debía yo alcanzar al cabo la meta de una sabiduría harto divinamente preciosa para no estar prohibida!

Por eso, ¡Con qué angustioso pesar vi, después de algunos años, mis esperanzas tan bien fundadas abrir las alas juntas y volar lejos! Sin Ligeia, era yo nada más que un niño a tientas en la noche. Sólo su presencia, sus lecturas podían hacer vivamente luminosos los múltiples misterios dcl trascendentalismo en el cual estábamos sumidos. Privado del radiante esplendor de sus ojos, toda aquella literatura aligera y dorada, volviase insulsa, de una plúmbea tristeza. Y ahora aquellos ojos iluminaban cada vez con menos frecuencia las páginas que yo estudiaba al detalle. Ligeia cayó enferma. Los ardientes ojos refulgieron con un brillo demasiado glorioso; los pálidos dedos tomaron el tono de la cera, y las azules venas de su ancha frente latieron impetuosamente vibrantes en la más dulce emoción. Vi que debía ella morir, y luche desesperado en espíritu contra el horrendo Azrael. Y los esfuerzos de aquella apasionada esposa fueron, con asombro mío, aún más enérgicos que los míos. Había mucho en su firme naturaleza que me impresionaba y hacia creer que para ella llegaría la muerte sin sus terrores; pero no fue así. Las palabras son impotentes para dar una idea de la ferocidad de resistencia que ella mostró en su lucha con la Sombra. Gemía yo de angustia ante aquel deplorable espectáculo. Hubiese querido calmarla, hubiera querido razonar; pero en la intensidad de su salvaje deseo de vivir -de vivir; sólo de vivir-, todo consuelo y iodo razonamiento habrían sido el colmo de la locura. Sin embargo, hasta el último instante, en medio de las torturas y de las convulsiones de
su firme espíritu, no flaqueó la placidez exterior de su conducta. Su voz se tornaba más dulce -más
profunda-, ¡pero yo no quería insistir en el vehemente sentido de aquellas palabras proferidas con tanta calma! Mi cerebro daba vueltas cuando prestaba oído a aquella melodía sobrehumana y a aquellas arrogantes aspiraciones que la Humanidad no había conocido nunca antes.

No podía dudar de que me amaba, y érame fácil saber que en un pecho como el suyo el amor no debía de reinar como una pasión ordinaria. Pero sólo con la muerte comprendí toda la fuerza de su afecto. Durante largas horas, reteniendo mi mano, desplegaba ante mi su corazón rebosante, cuya devoción más que apasionada llegaba a la idolatría. ¿Cómo podía yo merecer la beatitud de tales confesiones? ¿Como podía yo merecer estar condenado hasta el punto de que mi amada me fuese arrebatada con la hora de mayor felicidad? Pero no puedo extenderme sobre este tema. Diré únicamente que en la entrega más que femenina de Ligeia a un amor, ¡ay!, no merecido, otorgado a un hombre indigno de él, reconocí por fin el principiode su ardiente, de su vehemente y serio deseo de vivir aquélla vida que huía ahora con tal rapidez. Y es ese ardor desordenado, esa vehemencia en su deseo de vivir -sólo de vivir-, lo que no tengo vigor para describir, lo que me siento por completo incapaz de expresar.

A una hora avanzada de la noche en que ella murió, me llamó perentoriamente a su lado, y me hizo repetir ciertos versos compuestos por ella pocos días antes. La obedecí. Son los siguientes:

¡Mirad! ¡Esta es noche de gala
después de los postreros años tristes!
Una multitud de ángeles alígeros, ornados
de velos, y anegados en lágrimas,
siéntase en un teatro, para ver
un drama de miedos y esperanzas,
mientras la orquesta exhala, a ratos,
la música de los astros.
Mimos, a semejanza del Altísimo,
murmuran y rezongan quedamente,
volando de un lado para otro;
meros muñecos que van y vienen
a la orden de grandes seres informes
que trasladan la escena aquí y allá,
¡sacudiendo con sus alas de cóndor
el Dolor invisible!
¡Qué abigarrado drama! ¡Oh, sin duda,
jamás será olvidado!
Con su Fantasma, sin cesar acosado,
por un gentío que apresarle no puede,
en un circulo que gira eternamente
sobre si propio y en el mismo sitio;
¡mucha Locura, más Pecado aún
y el Horror, son alma de la trama!
Pero mirad: ¡entre la chusma mímica
una forma rastrera se entremete!
¡Una cosa roja de sangre que llega retorciéndose
de la soledad escénica¡
¡Se retuerce y retuerce! Con jadeos mortales
los mimos son ahora su pasto,
los serafines lloran viendo los dientes del gusano
chorrear sangre humana.
¡Fuera, fuera todas las luces!
Y sobre cada forma trémula,
el telón cual paño fúnebre,
baja con tempestuoso ímpetu...
Los ángeles, pálidos todos, lívidos,
se levantan, descúbranse, afirma
que la obra es la tragedia Hombre,
y su héroe, el Gusano triunfante.

-¡Oh Dios mío! -gritó casi Ligeia, alzándose de puntillas y extendiendo sus brazos hacia lo alto con un movimiento espasmódico, cuando acabé de recitar estos versos-. ¡Oh Dios mío! ¡Oh Padre Divino!¿Sucederán estas cosas irremisiblemente? ¿No será nunca vencido ese conquistador? ¿NO somos nosotros una parte y una parcela de Ti? ¿Quien conoce los misterios de la voluntad y su vigor? El hombre no se rinde a los ángeles ni a la muerte por completo, salvo por la flaqueza de su débil voluntad.

Y entonces, como agotada por la emoción, dejó caer sus blancos brazos con resignación, y volvió
solemnemente a su lecho de muerte. Y cuando exhalaba sus postreros suspiros se mezcló a ellos desde sus labios un murmullo confuso. Agucé el oído y distinguí de nuevo las terminantes palabras del pasaje de Glanvill: "El hombre no se rinde a los ángeles ni por entero a la muerte, salvo por la flaqueza de su débil voluntad."

Ella murió: y yo, pulverizado por el dolor, no pude soportar más tiempo la solitaria desolación de mi casa en la sombría y ruinosa ciudad junto al Rin. No carecía yo de eso que el mundo llama riqueza. Ligeia me había aportado más; mucho más de lo que corresponde comúnmente a la suerte de los mortales. Por eso, después de unos meses perdidos en vagabundeos sin objeto, adquirí y me encerré en una especie de retiro, una abadía cuyo nombre no diré, en una de las regiones más selváticas y menos frecuentadas de la bella Inglaterra.

La sombría y triste grandeza del edificio, el aspecto casi salvaje de la posesión, los melancólicos y
venerables recuerdos que con ella se relacionaban, estaban, en verdad, al unísono con el sentimiento de total abandono que me había desterrado a aquella distante y solitaria región del país. Sin embargo, aunque dejando a la parte exterior de la abadía su carácter primitivo y la verdeante vetustez que tapizaba sus muros, me dediqué con una perversidad infantil, y quizá con la débil esperanza de aliviar mis penas; a desplegar por dentro magnificencias más que regias. Desde la infancia sentía yo una gran inclinación por tales locuras, y ahora volvían a mi como en una chochez del dolor. (Ay, siento que se hubiera podido descubrir un comienzo de locura en aquellos suntuosos y fantásticos cortinajes, en aquellas solemnes esculturas egipcias, en aquellas cornisas y muebles raros, en los ¡extravagantes ejemplares de aquellos tapices granjeados de oro! Me había convertido en un esclavo forzado de las ataduras del opio, y todos mis trabajos y mis planes habían tomado el color de mis sueños. Pero no me detendré en detallar aquellos absurdos. Hablaré sólo de aquella estancia maldita para siempre, donde en un momento de enajenación mental conduje al altar y tomé por esposa -como sucesora de la inolvidable Ligeia- a lady Róvena Trevanion de Tremaine, de rubios cabellos y ojos azules.

No hay una sola parte de la arquitectura y del decorado de aquella estancia nupcial que no aparezca ahora visible ante mi. ¿Dónde tenia la cabeza la altiva familia de la prometida para permitir, impulsada por la sed de oro, a una joven tan querida que franqueara el umbral de una estancia adornada así? Ya he dicho que recuerdo minuciosamente los detalles de aquella estancia, aunque olvide tantas otras cosas de aquel extraño periodo; y el caso es que no había, en aquel lujo fantástico, sistema que pudiera imponerse a la memoria. La habitación estaba situada en una alta torre de aquella abadía, construida como un castillo; era de forma pentagonal y muy espaciosa. Todo el lado sur del pentágono estaba ocupado por una sola ventana -una inmensa superficie hecha de una luna entera de Venecia, de un tono oscuro-, de modo que los rayos del sol o de la luna que la atravesaban, proyectaban sobre los objetos interiores una luz lúgubre. Por encima de aquella enorme ventana se extendía el enrejado de una añosa parra que trepaba por los muros macizos de la torre. El techo, de roble que parecía negro, era excesivamente alto, abovedado y curiosamente labrado con las más extrañas y grotescas muestras de un estilo semigótico y semidruidico. En la parte central más escondida de aquella melancólica bóveda colgaba, a modo de lámpara de una sola cadena de oro con largos anillos, un gran incensario del mismo metal, de estilo árabe, y con muchos calados caprichosos, a través de los cuales corrían y se retorcían con la vitalidad de una serpiente una serie continua de luces policromas.

Unas otomanas y algunos candelabros dorados, de forma oriental, se hallaban diseminados alrededor; y estaba también el lecho -el lecho nupcial- de estilo indio, bajo y labrado en recio ébano, coronado por un dosel parecido a un paño fúnebre. En cada uno de los ángulos de la estancia se alzaba un gigantesco sarcófago de granito negro, copiado de las tumbas de los reyes frente a Luxor, con su antigua tapa cubierta toda de relieves inmemoriales. Pero era en el tapizado de la estancia, ¡ay!, donde se desplegaba la mayor fantasía. Los muros, altísimos -de una altura gigantesca, más allá de toda proporción-, estaban tendidos de arriba abajo de un tapiz de aspecto pesado y macizo, tapiz hecho de la misma materia que la alfombra del suelo, y de la que se veía en las otomanas, en el lecho de ébano, en el dosel de éste y con las suntuosas cortinas que ocultaban parcialmente la ventana. Aquella materia era un tejido de oro de los más ricos. Estaba moteado, en espacios irregulares, de figuras arabescas, de un pie de diámetro, aproximadamente, que hacían resaltar sobre el fondo sus dibujos de un negro de azabache. Pero aquellas figuras no participaban del verdadero carácter del arabesco más que cuando se las examinaba desde un solo punto de vista. Por un procedimiento hoy muy corriente, y cuyos indicios se encuentran en la más remota antigüedad, estaban hechas de manera que cambiaban de aspecto. Para quien entrase en la estancia, tomaban la apariencia de simples monstruosidades; pero, cuando se avanzaba después, aquella apariencia desaparecía gradualmente, y paso a paso el visitante, variando de sitio en la habitación, se veía rodeado de
una procesión continua de formas espantosas, como las nacidas de la superstición de los normandos o como las que se alzan en los sueños pecadores de los frailes. El efecto fantasmagórico aumentaba en gran parte por la introducción artificial de una fuerte corriente de aire detrás de los tapices, que daba al conjunto una horrenda e inquietante animación.

Tal era la mansión, tal era la estancia nupcial en donde pasé, con la dama de Tremaine, las horas impías del primer mes de nuestro casamiento, y las pasé con una leve inquietud. Que mi esposa temiese las furiosas extravagancias de mi carácter, que me huyese y me amase apenas, no podía yo dejar de notarlo; pero aquello casi me complacía. La odiaba con un odio más propio del demonio que del hombre. Mi memoria se volvía (¡oh, con que intensidad de dolor!) hacia Ligeia, la amada, la augusta, la bella, la sepultada. Gozaba recordando su pureza, su sabiduría, su elevada y etérea naturaleza, su apasionado e idólatra amor. Ahora mi espíritu ardía plena y libremente con una llama más ardiente que la suya propia. Con la excitación de mis sueños de opio (pues estaba apresado de ordinario por las cadenas de la droga), gritaba su nombre con el silencio de la noche, o durante el día en los retiros escondidos de los valles, como si con la energía salvaje, la pasión solemne, el ardor devorador de mi ansia por la desaparecida, pudiese yo volverla a los caminos de esta tierra que había ella abandonado -¡ah!, ¿era posible?- para siempre.

A principios del segundo mes de matrimonio, lady Róvena fue atacada de una dolencia repentina, de la que se repuso lentamente. La fiebre que la consumía hacia sus noches penosas, y en la inquietud de un semisopor, hablaba de ruidos y de movimientos que se producían con un lado y en otro de la torre, y que atribuía yo al trastorno de su imaginación o acaso a las influencias fantasmagóricas de la propia estancia. Al cabo entró en convalecencia, y por último, se restableció. Aun así, no había transcurrido más que un breve periodo de tiempo, cuando un segundo y más violento ataque la volvió a llevar al lecho del dolor, y de aquel ataque no se restableció nunca del todo su constitución, que había sido siempre débil. Su dolencia tuvo desde esa época un carácter alarmante y unas recaídas más alarmantes aún que desafiaban toda ciencia y los denodados esfuerzos de sus médicos. A medida que se agravaba aquel mal crónico, que desde entonces, sin duda, se había apoderado por demás de su constitución para ser factible que lo arrancasen medios humanos, no pude impedirme de observar una imitación nerviosa creciente y una excitabilidad en su temperamento por las causas más triviales de miedo. Volvió ella a hablar, y ahora, con mayor frecuencia e insistencia, de ruidos -de ligeros ruidos- y de movimientos insólitos en los tapices, a los que había ya aludido.

Una noche, hacia fines de septiembre, me llamó la atención sobre aquel tema angustioso en un tono más desusado que de costumbre. Acababa ella de despertarse de un sueño inquieto, y había yo espiado, con un sentimiento medio de ansiedad, medio de vago terror, las muecas de su demacrado rostro. Hallábame sentado junto al lecho de ébano en una de las otomanas indias. Se incorporó ella a medias y habló en un excitado murmullo de ruidos que entonces oía, pero que yo no podía oír, y de movimientos que entonces veía, aunque yo no los percibiese. El viento corría veloz por detrás de los tapices, y me dediqué a demostrarle (lo cual debo confesar que no podía yo creerlo del todo) que aquellos rumores apenas articulados y aquellos cambios casi imperceptibles en las figuras de la pared eran tan sólo los efectos naturales de la corriente de aire habitual. Pero una palidez mortal que se difundió por su cara probó que mis esfuerzos por tranquilizarla eran inútiles. Pareció desmayarse, y no tenia yo cerca criados a quienes llamar. Recordé el sitio donde estaba colocada una botella de un vino suave, recetado por los médicos, y crucé, presuroso, por la estancia para cogerla. Pero al pasar bajo la luz del incensario, dos detalles de una naturaleza impresionante atrajeron mi atención. Había yo sentido algo palpable, aunque invisible, que pasaba cerca de mi persona, y vi sobre el tapiz de oro, en el centro mismo de la viva luz que proyectaba el innecesario, una sombra, una débil e indefinida sombra de angelical aspecto, tal como se puede imaginar la sombra de una forma. Pero como estaba yo vivamente excitado por una dosis excesiva de opio, no concedí más que una leve importancia a aquellas cosas ni hablé de ellas a Róvena. Encontré el vino, crucé de nuevo la habitación y llené un vaso que acerqué a los labios de mi desmayada mujer. Entretanto, se había repuesto en parte, y cogió ella misma el vaso, mientras me dejaba yo caer sobre una otomana cerca del lecho, con los ojos fijos en su persona. Fue entonces cuando oí claramente un ligero rumor de pasos sobre la alfombra
Junto al lecho, y un segundo después, cuando Róvena hacia ademán de alzar el vino hasta sus labios, vi o pude haber soñado que veía caer dentro del vaso, como de alguna fuente invisible que estuviera en el aire de la estancia, tres o cuatro anchas gotas de un liquido brillante color rubí. Si yo lo vi, Róvena no lo vio. Bebió el vino sin vacilar, y me guarde bien de hablarle de aquel incidente que tenia yo que considerar, después de todo, como sugerido por una imaginación sobreexcitada a la que hacían morbosamente activa el terror de mi mujer, el opio y la hora.

A pesar de todo, no pude ocultar a mi propia percepción que, inmediatamente después de la caída de las gotas color rubí, un rápido cambio -pero a un estado peor- tuvo lugar en la enfermedad de mi esposa; de tal modo, que a la tercera noche, las manos de sus servidores la preparaban para la tumba, y la cuarta estaba yo sentado solo, ante el cuerpo de ella envuelto en un sudario, en aquella fantástica estancia que la había recibido como a mi esposa. Extrañas visiones, engendradas por el opio, revoloteaban como sombras ante mi. Miraba con ojos inquietos los sarcófagos en los ángulos de la estancia, las figuras cambiantes de los tapices y las luces serpentinas y policromas del incensario, sobre mi cabeza. Mis ojos cayeron entonces, cuando intentaba recordar los incidentes de la noche anterior, en aquel sitio, bajo la claridad del incensario, donde había yo visto las huellas ligeras de la sombra. Sin embargo, ya no estaba allí, y respirando con gran alivio, volví la mirada a la pálida y rígida figura tendida sobre el lecho. Entonces se precipitaron sobre mi los mil recuerdos de Ligeia, y luego refluyó hada mi corazón con la violenta turbulencia de un oleaje todo aquel indecible dolor con que la había contemplado amortajada. La noche iba pasando, y siempre con el pecho henchido de amargos pensamientos de ella, de mi solo y único amor, permanecí con los ojos fijos en el cuerpo de Róvena.

Seria medianoche o tal vez más temprano, pues no había tenido yo en cuenta el tiempo, cuando un sollozo quedo, ligero, pero muy claro, me despertó, sobresaltado, de mi ensueño. Sentí que venia del lecho de ébano, el lecho de muerte. Escuché con la angustia de un terror supersticioso, pero no se repitió aquel ruido. Forcé mi vista para descubrir un movimiento cualquiera en el cadáver, pero no se oyó nada. Con todo, no podía haberme equivocado. Había yo oído el ruido, siquiera ligero, y mi alma estaba muy despierta en mi. Mantuve resuelta y tenazmente concentrada mi atención sobre el cuerpo. Pasaron varios minutos antes de que ocurriese algún incidente que proyectase luz sobre el misterio. Por último resultó evidente que una coloración leve y muy débil, apenas perceptible, teñía de rosa y se difundía por las mejillas y por las sutiles venas de sus párpados. Aniquilado por una especie de terror y de horror indecibles, para los cuales no posee el lenguaje humano una expresión lo suficientemente enérgica, sentí que mi corazón se paralizaba y que mis miembros se ponían rígidos sobre mi asiento. No obstante, el sentimiento del deber me devolvió, por último, el dominio de mi mismo. No podía dudar ya por más tiempo que habíamos efectuado prematuros preparativos fúnebres, ya que Róvena vivía aún. Era necesario realizar desde luego alguna tentativa; pero la torre estaba completamente separada del ala de la abadía ocupada por la servidumbre, no había cerca ningún criado al que pudiera llamar ni tenia yo manera de pedir auxilio, como no abandonase la estancia durante unos minutos, a lo cual no podía arriesgarme. Luché, pues, solo, haciendo esfuerzos por reanimar aquel espíritu todavía en suspenso. A la postre, en un breve lapso de tiempo, hubo una recaída evidente; desapareció el color de los párpados y de las mejillas, dejando una palidez más que marmórea; los labios se apretaron con doble fuerza y se contrajeron con la expresión lívida de la muerte; una frialdad y una viscosidad repulsiva cubrieron en seguida la superficie del cuerpo, y la habitual rigidez cadavérica sobrevino al punto. Me deje caer, trémulo, sobre el canapé del que había sido arrancado tan de súbito, y me abandoné de nuevo, trasoñando, a mis apasionadas visiones de Ligeia.

Una hora transcurrió así, cuando (¿seria posible?) percibí por segunda vez un ruido vago que venia de la parte del lecho. Escuché, en el colmo del horror. El ruido se repitió; era un suspiro. Precipitándome hacia el cadáver, vi -vi con toda claridad- un temblor sobre los labios. Un minuto después se abrieron, descubriendo una brillante hilera de dientes perlinos. El asombro luchó entonces en mi pecho con el profundo terror que hasta ahora lo había dominado. Sentí que mi vista se oscurecía, que mi razón se extraviaba, y gracias únicamente a un violento esfuerzo, recobré al fin valor para cumplir la tarea que el deber volvía a imponerme. Había ahora un color cálido sobre la frente, sobre las mejillas y sobre la garganta; un calor perceptible invadía todo el cuerpo, e incluso el corazón tenia un leve latido. Mi mujer vivía. Con un ardor redoblado, me dediqué a la tarea de resucitarla; froté y golpeé las sienes y las manos, y utilicé todos los procedimientos que me sugirieron la experiencia y numerosas lecturas médicas. Pero fue en vano. De repente el color desapareció, cesaron los latidos, los labios volvieron a adquirir la expresión de la muerte, y un instante después, el cuerpo entero recobró su frialdad de hielo, aquel tono lívido, su intensa rigidez, su contorno hundido, y todas las horrendas peculiaridades de lo que ha permanecido durante varios días en la tumba.

Y me sumí otra vez en las visiones de Ligeia, y otra vez (¿cómo asombrarse de que me estremezca mientras escribo?), otra vez llegó a mis oídos un sollozo sofocado desde el lecho de ébano. Pero ¿para qué detallar con minuciosidad los horrores indecibles de aquella noche? ¿Para qué detenerme en relatar ahora cómo, una vez tras otra, casi hasta que despuntó el alba, el horrible drama de la resurrección se repitió; cómo cada aterradora recaída se transformaba tan sólo en una muerte más rígida y más irremediable, cómo cada angustia tomaba el aspecto de una lucha con un adversario invisible, y cómo ahora cada lucha era seguida por no sé qué extraña alteración en la apariencia del cadáver? Me apresuraré a terminar.

La mayor parte de la espantosa noche había pasado, y la que estaba muerta se movió de nuevo, al presente con más vigor que nunca, aunque despertándose de una disolución más aterradora y más totalmente irreparable que ninguna. Había yo, desde hacia largo rato, y interrumpido la lucha y el movimiento y permanecía sentado rígido sobre la otomana, presa impotente de un torbellino de violentas emociones, de las cuales la menos terrible quizá, la menos aniquilante, constituía un supremo espanto. El cadáver, repito, se movía, y al presente con más vigor que antes. Los colores de la vida se difundían con una inusitada energía por la cara, se distendían los miembros, y salvo que los párpados seguían apretados fuertemente, y que los vendajes y los tapices comunicaban aun a la figura su carácter sepulcral, habría yo soñado que Róvena se libertaba por completo de las cadenas de la Muerte. Pero si no acepté esta idea por entero, desde entonces no pude ya dudar por más tiempo, cuando, levantándose del lecho, vacilante, con débiles pasos, a la manera de una persona aturdida por un sueño, la forma que estaba amortajada avanzó osada y palpablemente hasta el centro de la estancia.

No temblé, no me moví, pues una multitud de fantasías indecibles, relacionadas con el aire, la estatura, el porte de la figura, se precipitaron velozmente en mi cerebro, me paralizaron, me petrificaron. No me movía, sino que contemplaba con fijeza la aparición. Había en mis pensamientos un desorden loco, un tumulto inaplacable. ¿podía ser de veras la Róvena viva quien estaba frente a mi? ¿podía ser de veras Róvena en absoluto, la de los cabellos rubios y los ojos azules, lady Róvena Trevanion de Tremaine? ¿Por qué, si, por qué lo dudaba yo? El vendaje apretaba mucho la boca; pero ¿entonces podía no ser aquella la boca respirante de lady de Tremaine? Y las mejillas eran las mejillas rosadas como en el mediodía de su vida; si, aquéllas eran de veras las lindas mejillas de lady de Tremaine, viva. Y el mentón, con sus hoyuelos de salud, ¿podían no ser los suyos? Pero ¿había ella crecido desde su enfermedad? ¿Qué inexpresable demencia se apoderó de mi ante este pensamiento? ¡De un salto estuve a sus pies! Evitando mi contacto, sacudió ella su cabeza, aflojó la tiesa mortaja en que estaba envuelta, y entonces se desbordó por el aire agitado de la estancia una masa enorme de largos y despeinados cabellos; ¡eran más negros que las alas del cuervo de medianoche! Y entonces, la figura que se alzaba ante mi abrió lentamente los ojos.

-¡Por fin los veo! -grité con fuerza-. ¿Cómo podía yo nunca haberme equivocado? ¡Estos son los grandes, los negros, los ardientes ojos, de mi amor perdido, de lady, de Lady Ligeia!

viernes, 26 de septiembre de 2014

Palabras.

Por esas veces que quiero desaparecer. 
Sólo caminar y dejar que mis pasos me lleven. 
No quiero pensar. 
No quiero sentir.
No quiero ver.
Ni oír.

Se que no estoy sola, tengo familia, amigos y a mi pareja. ¿Y qué?
Hay veces que ni siquiera eso es suficiente.
La frustración me puede.
La desgana me invade. 
El querer llorar hasta caer rendida.
¿Y por qué? No lo se.

Esos momentos en los que la más mínima cosa hace que me derrumbe.
Cualquier cosa me entristece y me daña.
Todo me desespera.
Todo me puede.
Todo se tuerce.
Nada sale bien.

Tal vez no tenga razones para sentirme así, lo se.
Pero, ¿qué hago? No puedo evitarlo.
Como en un laberinto.
Así me siento.
Atrapada.
Sin salida.

Odio ese ciclo que no termina. 
Intento ser fuerte.
Tengo que conseguirlo aunque me parezca imposible.
El abismo no podrá conmigo.


martes, 13 de mayo de 2014

La dama de Shalott (I). La leyenda.

Lady Shalott, de quien dicen que antes fue una poderosa bruja y cuyo nombre era Elaine, vivía encerrada en la torre de un castillo situado en la isla de Shalott, isla que se encontraba muy cerca a las míticas tierras de Camelot.

Condenada por una antigua maldición a ver el mundo sólo a través de un espejo mágico, le estaba totalmente prohibido asomarse por la ventana. Así, ella podía ver lo que ocurría fuera pero nadie podía verla a ella. Las gentes del lugar tan sólo conocían su voz , el dulce y melancólico cantar que la acompañaba en su irremediable soledad. Su cantar y sus tapices…
Ocupaba sus horas tejiendo preciosos tapices en los que plasmaba todo aquello cuanto el espejo le mostraba. Conoció así no sólo Camelot sino también al Rey Arturo y a los Caballeros de la Mesa Redonda.
Pero he aquí que un día uno de ellos llamó especialmente su atención y no podía dejar de mirarlo. Era Sir Lancelot, sin duda el más gallardo y apuesto de todos los hombres al servicio del Rey Arturo. Tanto le impresionó que pronto se dio cuenta de que de él se había enamorado sin remedio y de que necesitaba
verlo sin la intermediación de su espejo.
Entonces osó asomarse a la ventana y lo buscó en la lejanía… En ese preciso instante el espejo se rompió en mil pedazos mientras que por toda la estancia un viento huracanado levantó por los aires los tapices y los arrojó por la ventana profanada, cayendo por doquier.
Su suerte estaba echada.

Lady Shalott huyó del castillo y subió a una barca rumbo a Camelot, esperando llegar antes que la inevitable muerte que sabía que la buscaba. Un cántico de despedida comenzó a emanar de su garganta, cántico que dejaba una estela de honda tristeza a su paso.
Cuando su pequeña embarcación llega a la orilla ya es tarde. Su cuerpo yace ya inerte. En una mano lleva un lirio y en la otra una carta escrita durante el viaje, único testigo ya de su amor desgraciado.

Cuentan que el propio Sir Lancelot, tras conocer esta triste historia, rogó, embargado de una honda emoción, por el alma de la joven Lady Shalott.

jueves, 14 de noviembre de 2013

Lolita

Un creepypasta escrito por Makytta Macarena Sorsha Tarocco

“Sin duda te preguntarás “¿quién es Lolita?” Yo soy Lolita, pero… ¿quién soy yo? Si te quedas, te contaré mi historia.

No recuerdo mi auténtico nombre, pero sé que nací hará unos 23 años y que morí con 22.

Cuando estaba viva vestía la moda lolita: vestidos elegantes y pomposos a la rodilla, influenciados por el victoriano, tocados hermosos y elaborados parasoles de encaje… una belleza atemporal que evocaba la feminidad de otras épocas.

Pero basta de derroteros y hablemos de mi vida.

Vivía en Mason City, con mi madre, en una adorable casita colindante a un bosque. Mi madre se había divorciado de mi padre cuando yo solo tenía 6 años y había sido ella quién, sin ninguna ayuda, me había criado.

Crecí amando a mi madre y pensando en ella como el ideal de mujer fuerte.

Cuando yo tenía 21, mi madre conoció a un hombre. Él tenía una apariencia amable y paternal, su sonrisa iluminaba un día nublado haciéndote saber que todo estaría bien. Seis meses después se casaron y yo no cabía en mi de alegría: ver a mi madre feliz a l lado de alguien después de tantos años me llenaba de júbilo.

No fue sino hasta después de mi 22 cumpleaños que las cosas cambiaron.

Mi madre se puso muy enferma, cáncer de hígado creo recordar. Falleció apenas un mes después.

Mi padrastro y yo continuamos viviendo juntos y yo adopté el papel de ama de casa: limpiaba, cocinaba, hacía recados… todo voluntariamente ya que a diferencia de él yo no tenía trabajo.

Al par de meses de morir mamá el empezó a cambiar: gritaba, llegaba borracho y todo estaba mal. Inocente de mí creí que sería por el dolor de haber perdido a mi madre… pero cada día el se comportaba peor, hasta que un día le contesté y recibí una paliza a cambio: “no eres más que una niña mala y a las niñas malas hay que castigarlas”.

Eso fue lo que dijo.

Después de esa ocasión las palizas se volvieron constantes, todo estaba mal y por todo merecía una paliza. Yo era mala y debía ser castigada.

La noche que yo decidí marcharme él llegó antes, muy borracho. Me miró a la cara, con esa mirada que anunciaba una paliza y me la dio. Yo era una desagradecida por querer irme lejos de él y para las desagradecidas como yo él tenía un trato especial.

Recuerdo ver que se bajó los pantalones, puedo evocar el sonido de mi ropa al rasgarse… y pos supuesto aún siento nauseas al recordar cómo se abrió paso dentro de mí una y otra vez, rompiendo todo a su paso.

Después de eso, otra paliza más y luego solo oscuridad.

Cuando volví a abrir los ojos no podía sentir ni tocar nada, solo ver y oír. Y lo que vi me horrorizó profundamente: él y yo estábamos en el bosque que había detrás de mi casa, él tenía una pala y cavaba mientras que mi roto y desmembrado yo yacía en un saco que pronto fue lanzado al hoyo y cubierto por tierra.

Me quedé ahí, no sé por cuento tiempo. Un torso sin brazos ni piernas y con la cabeza a un lado.

Una noche oí un grito y una bofetada. Pude verlo a él con una chica más o menos de mi edad, estaba viva, pero algo me dijo que iba a hacerle lo mismo que me había hecho a mí.

Algo dentro de mí comenzó a arder entonces, una ira que nunca había sentido. Esa ira cegó mi pensamiento y se extendió terminando de corromperme. Cuando esa ira se marchó, poseía manos, traslucidas, pero manos a fin de cuentas. Mi cabeza estaba sobre mis hombros, el vestido blanco bien colocado y mis piernas en su lugar, con el cadáver de él a mis pies.

Había castigado a una mala persona, porque las malas personas han de ser castigadas, ¿verdad?”

Eso es lo que me contó la señora. La señora es hermosa, aunque pueda ver a través de ella y su vestido blanco tenga manchas rojas.

Está cosida en varios sitios: en el cuello y a mitad de los brazos y de las piernas. Aunque ella dice que no lo sabe porque no se puede ver en los espejos.

La señora, o Lolita como quiere que la llame, llegó cuando papá estaba gritando y pegando a mamá. Aunque al principio me dio miedo, es muy buena: me canta canciones, juega conmigo, me acompaña al cole y cuando papá hace cosas malas a mamá ella lo deja todo en silencio.

Hoy papá me ha pegado por hablar con ella. La señora dice que papá es una mala persona y tiene que ser castigado… me lo dice muchas veces… pero yo creo que mamá es más mala por no castigarle y dejar que nos pegue a ella y a mí.

Hoy la señora me ha dicho que tiene que irse. Dice que hay más niños de los que tiene que cuidar porque sus papás también son malos. Creo que es porque castigué a papá y a mamá con un cuchillo en la cabeza y tiene que ayudar a otros niños a castigar a sus papás.

Porque son malas personas y las malas personas deben ser castigadas, ¿verdad?

-Fin-

lunes, 28 de octubre de 2013

Condéname (II)


Poco a poco tomo conciencia de mí. No estoy muerta ¿Por qué? Esa pregunta no deja de rondar mi mente.

Abro los ojos e intento incorporarme pero no puedo, mi cuerpo pesa demasiado y mis músculos no responden a mis órdenes, me siento débil. Miro hacia arriba y un bello dosel con cortinas de un precioso brocado marfil deleitan mi vista, las columnas de madera bellamente talladas simulan rosas y enredaderas. Tengo ganas de mirar cómo será el cabecero pero no puedo moverme. Mis manos sienten una suavidad irreal, las sábanas parecen ser de satén.

A través del enorme ventanal que preside la habitación puedo ver que es de noche, sus puertas están cerradas, tan sólo el fuego que crepita en la majestuosa chimenea y una vela junto a la cama rompen la oscuridad que baña este lugar.

Puedo ver una figura junto a la cama, se quién es pero ¿cómo ha entrado? La puerta y el balcón han permanecido cerrados todo el tiempo, tal vez estuviese ahí siempre. Sus oscuros ojos me miran impasibles, no puedo ver a través de él pero siento como si su mirada atravesase todo mi ser hasta llegar a los pensamientos más profundos que me corroen.

-He cruzado océanos de tiempo hasta encontrarte-. Me dice calmadamente.- No quería dejarte en ese estado de debilidad pero temía que escapases al despertar.

Su voz es tan profunda, trae a mí recuerdos de algo prohibido, una sensualidad que se pierde en el tiempo.
“Estoy encadenada a ti” quiero decirle, pero no puedo articular palabra y ellas se quedan en un simple pensamiento.

-Te sientes débil, tienes hambre, he bebido tanto de tu sangre que apenas puedes moverte y yo ¿qué debo hacer ahora? ¿Debo dejarte seguir viviendo como mortal y ver cómo te consumes o debo darte de mi sangre para poder pasar contigo toda la eternidad? Voy a darte la oportunidad que a mí no me dieron, la oportunidad de escoger.

Se acerca a mí y me ayuda a incorporarme, lleva en la mano una copa que antes no había visto.

-Bebe, te dará fuerzas.

Está bueno, sabe a frutas. Poco a poco noto que recobro las fuerzas perdidas. No aparta su vista de mí, no me suelta, me mantiene abrazada como si tuviese miedo.

-No voy a huir de ti. Sé que no me harías daño.

Me mira fijamente, en sus ojos veo un destello de alivio pero aún recela, no sabe si confiar en mí.  

-Quiero pasar mi eternidad contigo. Condéname. 

sábado, 26 de octubre de 2013

Muérdeme (I)


Y fue entonces cuando te vi. Tan sólo una sombra en mitad de la oscura calle, enigmática figura inmortal.

Mi respiración se convierte en blanco vapor, el frío de la noche cala mis huesos, el ruido de la ciudad se escucha incesante pero yo sólo puedo oír el latido de mi corazón inquieto e impaciente por tu sola presencia.
No puedo moverme, paralizada me encuentro bajo tu intensa mirada oscura. Alto e imponente te alzas ante mí, tu pelo largo a merced del viento de la noche. No haces nada, no dices nada, tan sólo miras. Me miras a mí, una simple mortal que pronto habrá de convertirse en tu presa pero eso no me importa, tal es mi cautiverio ante ti.

Inmóvil observo cómo te acercas lentamente hacia mí, tus pasos carentes de sonido alguno hacen que mi corazón palpite con más fuerza en mi pecho, ansioso por ti. Mi respiración se acelera y noto como mi cuerpo te anhela. Sé que fuiste tú aquel que durante tanto tiempo ha estado velando por mí, aquel que me hacía sentir segura después de aquella trágica noche, podía sentir tu presencia en las sombras. ¿Por qué has decidido darle fin a mi vida ahora? No consigo entenderlo, mi mente no reacciona ante ti, no puedo pensar en nada más que en tu cautivadora imagen.

A pocos centímetros de mí detienes tus pasos, alzas tu mano a mi mejilla y con delicadeza levantas mi cabeza hasta que mi mirada se une a la tuya. Mi respiración se acelera, en tus ojos veo el deseo, ese deseo que comparto por ti. Tus labios entreabiertos aspiran el aroma de mi sangre con ansia. ¿Te sientes impaciente? Yo también.

Despacio desciendes hasta que siento tu aliento en mis labios, quiero besarte pero sé que tú no lo harás. Inmóvil espero que hagas algo pero tus ojos siguen fijos en mi mirada, apresándome. Lentamente, matándome de impaciencia por dentro, disfrutando de este momento, prosigues tu descenso. Tus labios rozan mi mejilla, la línea de mi rostro hasta llegar a mi cuello, en el que mi vena palpita esperando a que tus colmillos desgarren la piel que impide que mi sangre mane para ti.

Tu mano acuna mi cabeza mientras tus dedos se enredan en mi pelo, la otra descansa en mi cintura, dándome la seguridad que necesito. Siento tus labios besan dulcemente mi cuello, me produce un escalofrío que me recorre todo el cuerpo. Esos labios dan paso a tu lengua que acaricia con deseo el lugar donde clavarás tus colmillos. Espero impaciente el momento en que lo hagas, ya no puedo resistirme más.
Algo lacerante se siente en mi cuello, tus colmillos se entierran en mi piel y bebes ansioso mi sangre. Me rodeas con tus brazos para evitar mi caída mientras que yo me hundo en una espiral de placer sin límite. Siento que poco a poco pierdo el sentido, la realidad se disipa de mi mente. ¿Voy a morir? No me importa si es en tus brazos.


Un estado de letargo se apodera de mí. ¿Es esto la muerte? No lo sé. Lo último que siento son tus brazos levantándome del suelo abrazándome contra tu pecho. 

jueves, 10 de enero de 2013

Labios de sangre. Preludio

La noche ya había caído. Un velo de niebla fría daba al lugar una falsa luz, cubriendo la luna y las estrellas brillantes en un cielo negro. Era noche de luna llena, una noche oscura a pesar de esto. Todo estaba en silencio y el mundo parecía dormir en un tranquilo sueño.

Pero esta tranquilidad no era tal. Se respiraba miedo y sangre en el aire cargado. Las brujas se reunían en oscuros aquelarres, escondidas en lúgubres claros del bosque. La cabra de la muerte parecía llorar como un gato en lo alto de un árbol muerto. Las ánimas de la Santa Comparxa vagaban en silenciosas procesiones fúnebres por los cruceros de piedra. Los lobos aullaban rompiendo el silencio nocturno, haciendo un eco sordo en los montes ocultos. Extrañas sombras de criaturas funestas parecían saltar sobre los tejados de las casas de la aldea. El aspecto lóbrego del lugar era debido al atraso de aquella gente respecto a las ciudades y villas más próximas, que de cualquier manera se encontraban lejos. Una pequeña villa que antaño había sido lugar de paso para grandes personajes y próspera debido a los intercambios mercantiles allí efectuados pero que con el paso del tiempo sus habitantes se tornaron reacios a asimilar los cambios tecnológicos y los avances de la ciencia.

Una espesa bruma recorría toda la aldea, y se colaba en las casas por debajo de las puertas; la luna era opaca esa noche. Todo ese escenario parecía sacado de algún cuento de miedo perdido en el tiempo... Mirabelle se asomó a la ventana, ya no aguantaba más tiempo en la cama dando vueltas sin poder dormir. No le gustó lo que vio fuera. Un escalofrío le recorrió el cuerpo y erizó el vello de sus brazos. Tuvo el impulso de abrir el cristal, pero sintió terror cuando respiró el aire que olía a muerte cercana. Un extraño personaje con un largo abrigo negro estaba sentado en el tejado, frente a la casa de Mirabelle. La muchacha distinguió unos cabellos de negro y azabache que llegaban más abajo de los hombros de aquel extraño. La pálida luz de la luna no le mostraba nada más, sólo aquella oscura melena y el perfil de un ser que aunque inspiraba miedo, también le traía interrogantes a su mente que no lograba llegar a comprender. La joven pensó que sería mejor cerrar la ventana y acostarse de nuevo. Tal vez sus ojos la engañaban, o quizás soñase despierta... Pero, ¿quién era aquél extraño, y qué hacía en el tejado a aquellas horas de la madrugada? Fuese como fuese, absorta como estaba en sus pensamientos, no le dio tiempo a reaccionar cuando la sorprendió aquel diablo.

La observaba desde el alféizar de la ventana. Mirabelle no se percataba de que él la llevaba observando varios minutos y se preguntaba cómo había llegado allí, pero no encontró explicación. Parecía un joven como cualquier otro, pero no era realmente así. Sus ojos azules, fríos y punzantes estaban clavados en ella con una mirada impía. La muchacha reparó en unas venas azules que se dibujaban en su rostro pálido. Otras venas rojas tornaban aquellos ojos de hielo en un infierno sangriento. Las pálidas mejillas contrastaban con sus labios amoratados, una dulce boca de sabor amargo. Sonrió en cuanto la joven se paralizó ante tan llamativa e inusual  imagen. Era una sonrisa sin escrúpulos, en la que relucían unos caninos amarillos muy afilados. Un hilillo rojo se escapó de su boca, sangre caliente que hirvió en los labios de aquella criatura.

Mirabelle, paralizada, no sabía qué hacer. Tenía miedo de aquel ser extravagante que no dejaba de sonreír y observarla; y ella estaba tan asustada que lo único que pudo hacer fue llorar. Una lágrima bajó hasta la comisura de su boca. El vampiro acercó una mano, con largas y viejas uñas, hasta el rostro de la muchacha. La acarició y enjugó sus lágrimas. La joven ya no sentía terror, pues había dejado de verlo como un monstruo. Lo miró a los ojos y sintió que realmente no quería escapar: su mirada seductora y fija la tenía hipnotizada. Así, quietos y en silencio, permanecieron algunos minutos que fueron eternidades, una tras otra. Ella pareció confiar ahora en aquella criatura de la oscuridad, pero la tranquilidad que sintió en aquel instante se vio interrumpida por la sensación de sed del vampiro. Le echó las garras encima y la muchacha consiguió esquivarlas. El demonio perdió el equilibrio y cayó dentro de la habitación, de rodillas ante la asustada Mirabelle. Se descontroló y se llenó de furia, la atacó sin piedad saltando sobre ella, necesitaba su sangre para vivir aquella noche y no le quedaba mucho tiempo antes del amanecer. La persiguió por todo el cuarto. Ella consiguió llegar a la puerta y quiso abrirla, pero el vampiro saltó sobre ella y se lo impidió. La joven corrió dando vueltas con aquel ser a sus espaldas, muy cerca. Tropezó y tiró un espejo al suelo que rompió en pedazos. Mirabelle cogió uno de aquellos cristales y se enfrentó a su miedo. Ya no había escapatoria: era luchar con una oportunidad de conseguir escapar, o abandonar toda posibilidad. Uno frente a otro, una mirada rabiosa y depravada ante otra asustada y temerosa.

El vampiro la atacó y clavó sus uñas en el rostro de ella, arañándole la mejilla. Mirabelle no quería morir, arremetió contra él y le hundió el cristal en el pecho, atravesándole el corazón. La criatura profirió un grito ensordecedor de agonía, signo de pesar y liberación al mismo tiempo. Su alma se liberó. Gran cantidad de sangre salió de su pecho y su boca. Mirabelle recordó entonces unos versos que había leído en algún libro de la biblioteca, y los modificó para la ocasión:

"Sí, te he querido como nunca. ¿Por qué besar tus labios de sangre, si se sabe que la muerte está próxima?"

El cadáver se convirtió en polvo. Entre unas pocas cenizas negras que quedaron, la joven encontró una cadena y una placa, ambas de oro. En ella leyó un nombre con un apellido: Kenneth McCormick. Recordó entonces la antigua leyenda del castillo en la ladera norte de la montaña. Amanecía cuando se acercó de nuevo a la ventana, con las cenizas envueltas en un pañuelo de seda. Las echó al viento y pareció formarse un remolino en el que Mirabelle pudo ver el rostro de Sir Kenneth. Puso la cadena en su cuello y la apretó contra el pecho. Se sintió feliz. La herida de la cara pareció hervir en aquel momento. Un hilo de sangre goteó en su camisón.